La Universidad que queremos

Al hilo de los ataques mortales que está sufriendo la educación pública, en muchas universidades se plantea desde hace tiempo la necesidad de un debate importante y de calado: ¿qué universidad tenemos y qué universidad queremos?

Precisamente, en facultades como Ciencias políticas y Sociología de la Complutense, esto ha constituido durante la huelga de los días 22, 23 y 24, todo un taller de reflexión.

Podríamos aquí hablar ahora sobre tasas y subidas, sobre recortes de presupuesto, despidos, precarizaciones y un sin fin de cosas más que van de la mano de la privatización de estos nuestros espacios de producción de conocimiento oficiales; pero no creo que sea necesario. Empieza a parecerme una necedad hablar de los motivos de la huelga en determinados espacios, como las asambleas estudiantiles, ¿acaso no son evidentes? ¿Acaso una, cuando entra a clase y no hay sillas no se da cuenta de que algo falla? ¿Acaso no es evidente que los 1600 euros de matrícula es el doble de 800, y que dicho sea de paso, 800 es casi un sueldo de hoy en día? ¿Acaso no es evidente que falta personal cuando las compañeras de limpieza tienen que aprovechar que los profesores lleguen tarde para limpiar el aula? Y otros muchos más “acasos” que no voy a reproducir, porque hay cientos de sitios donde encontrarlos.

Así que no, no vamos a hablar de eso. Vamos a hablar de cómo empezar a construir la universidad que queremos. Y esto se hace señalando a los culpables de la que tenemos, por acción pero también por omisión.

Por un lado, es inútil y de todo orden ilógico, quejarse de recortes sin hablar de los motivos de los recortes. La asumida prioridad absoluta del pago de la deuda en su constitución (mía desde luego que no) por el artículo 135 (con el Gobierno del PSOE y el contundente silencio de la izquierda institucional) en agosto de 2011 constituye el gran punto de partida, la piedra filosofal; no sólo por la prioridad otorgada, sino por el carácter mismo de la deuda. Una deuda que se conforma como problema en tanto que ha sido generada como préstamos al capital a costa del Estado (que como buen sirviente corre a cargo de los intereses), que en casos como el de la banca, donde ni siquiera se espera recuperar el dinero inyectado, pasa a ser un jugoso “regalo”. Una deuda que no responde al funcionamiento propio del estado (educación, sanidad, justicia) es una deuda ilegítima; y lo único legítimo es no pagarla. Toda aquella que, desde su cargo de responsable, asuma los “sacrificios” para el pago de la misma, está justificando los recortes. Está pues, con los recortes. Desde la posición más alta a la más baja, desde los recortes en educación a los de sanidad, pasando por todos los servicios sociales y justicia, así como las nuevas situaciones laborales de precariedad y miseria, destinadas únicamente a que se recupere el capital que ha dejado de ser ganado. No puede separarse y compartimentarse en “esto sí, esto no” puesto que todo es un ataque a la misma clase, la trabajadora.

Por otro lado, y yendo al caso concreto que nos ocupa,  ¿hasta dónde alcanzan, entonces, las responsabilidades? Sí, el gobierno. Sí, la Comunidad, y después, ¿qué? Pues después están las rectoras, y después las decanas, cuya situación de poder y toma de decisiones, desde la práctica inmediata, denotan una toma de posición. Cuestión que, algunas se tapan afanosamente los ojos para no ver.

Y se toma posición en el conflicto cuando una decide aceptar la subida de tasas a sus estudiantes bajo el pretexto de “no podemos hacer nada” y no desde “cuántas estudiantes no pueden acabar su carrera”, se toma posición cuando se estructuran los cursos y el profesorado con la premisa “estamos en crisis” y no “nos hace falta”, se toma posición cuando se envía un comunicado condenando una jornada de lucha, su llegada a puerto y a quienes lo han hecho posible.

Y más aún se toma posición cuando, en la siguiente jornada de lucha, se “cede” a llamar a la policía a entrar a un campus universitario bajo “presiones de quienes no están de acuerdo con la huelga” (¿y mi derecho a hacer huelga?) permitiendo así la violencia y las detenciones de quien han tomado la decisión de defender el derecho de todas a una universidad pública, y no sólo para unas élites; toma de posición desde la que, inherentemente se asume la culpabilidad del uso de los recursos de coacción, monopolio del Estado.

Y se toma posición, como ya avanzábamos, por omisión. Se omite descarada y decididamente la posición de defensa de derechos tan básicos y cruciales para cualquier estado como es el de educación universal, se omite la legitimidad de quienes sí toman esa posición; y se omite a favor de la posición contraria, la posición de la defensa a ultranza de los intereses del capital y sus representantes terrenales, se convierte una en directora de orquesta, aunque no se trate de la Sinfónica.

Así pues, queremos construir una universidad desde abajo, que no reproduzca la estructura de clases excluyendo, de facto, a las clases populares; que no acepte como logro el fraccionamiento de pagos desorbitados; que no dirima su actuación en términos numéricos sino de conciencia y por tanto actúe consecuentemente; una universidad libre de culpabilidad cómplice en la dirección de la ya privatizada universidad que tenemos.

Y desde aquí, desde el primer escalafón de la jerarquía debemos empezar.

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Un comentario en “La Universidad que queremos

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