La voz, los vientos del pueblo, y la represión.

El pasado sábado la voz del pueblo volvió a ser silenciada en Madrid cuando tomaba aire para respirar y reafirmar su presencia le cueste a quien le cueste.

En otra convocatoria alrededor del Congreso, esta vez contra la Ley de Seguridad Ciudadana, el aparato político represivo dirigido por Cristina Cifuentes volvió a demostrar qué es lo que entiende la clase política dominante actual por “seguridad ciudadana”: seguridad para dictar e imponer a gusto del dictado de sus propias cuentas bancarias, sus propios intereses. Ni más, ni menos.

Cuando la política se convierte en politiquería, en actuar interesado y parcial por el propio beneficio económico sin tener en cuenta lo más mínimo a la mayoría, nos encontramos con abusos represivos de corte fascista como los sufridos por el Pueblo de Madrid el sábado por la tarde. No es democrático que policías fuera de sí apaleen a la gente, no puede ser esa la función de ningún tipo de funcionario público en un Estado de derecho.

Es evidente que la afirmación de que los cuerpos y fuerzas del Estado son nada más que trabajadorxs del orden, gente que realiza su trabajo como cualquier otra persona, es una falacia que se cae por su propio peso en los momentos de crisis del sistema como el que vivimos actualmente.

Cada día, precisamente por lo tirante de la agudización de las contradicciones (cada vez ricos más ricos y pobres más pobres y en peores condiciones), sale a la luz algún nuevo caso de corrupción, tráfico de influencias, malversación, cohecho, yates, palacios, comisiones, etcétera. En definitiva, casos de aprovechamiento contra el Pueblo Trabajador que provocan que la hegemonía social y política de la clase dominante se tambalee, de forma creciente e incontrolable, por ir cayendo la máscara de bondades con que intentan taparse y se deja ver su verdadero rostro, la verdadera naturaleza de los sistemas basados en la dominación de una clase por otra. Es en estos momentos cuando los cuerpos de “seguridad” muestran su verdadera esencia, que no es otra que la de ser herramienta de represión contra cualquier ente social o político que visibilice las manifestaciones de esas contradicciones en el orden político diario de la sociedad.

Y toda esa represión se dirige contra el Pueblo Trabajador, contra toda manifestación de su voluntad como pueblo y en tanto que pueblo, contra cualquier actuación que pretenda visibilizar y denunciar el recorte de libertades y derechos fundamentales e inalienables, como ocurrió el sábado en Madrid, cuando lo se denunciaba era una ley que pretende normativizar el silencio de la voluntad colectiva popular, acallando a través de la coerción económica las voces que, cada vez más, se muestran contrarias a un sistema que estrangula y asesina sin piedad para el beneficio de unos pocos.

Y por la voz del pueblo y sus vientos, esos que no se cansan ni claudican, sean más leones y menos bueyes, como dejara el poeta Miguel Hernández:
Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?

¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

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